ESTVDIVNTES

Ilustre y Franciscana Cofradía del Santísimo Cristo de las Misericordias y Nuestra Señora de las Lágrimas

NUESTRA SEÑORA DE LAS LÁGRIMAS

Nuestra Señora de las Lágrimas, imagen de candelero realizada por Juan Martínez Cerrillo entre 1936 y 1938 en Córdoba, constituye uno de los ejemplos más depurados y representativos de la imaginería mariana contemporánea en Andalucía. Su creación se enmarca en un periodo de renovación estética y espiritual posterior a los profundos cambios sociales del primer tercio del siglo XX, un momento en el que la escultura religiosa recuperó un papel fundamental como vehículo de identidad, consuelo y cohesión comunitaria. La obra combina la herencia barroca con un lenguaje más introspectivo, delicado y psicológico, plenamente acorde con la sensibilidad artística de su tiempo.

La década de 1930 en España estuvo marcada por un clima socioemocional convulso, en el que las tensiones políticas y las transformaciones culturales generaron un profundo deseo de estabilidad espiritual. En este contexto, la iconografía de la Virgen Dolorosa adquirió especial relevancia como símbolo de esperanza en medio de la incertidumbre. La obra de Martínez Cerrillo traduce magistralmente esta sensibilidad colectiva: su representación del dolor mariano rehúye el dramatismo excesivo para centrarse en una humanidad compartida entre Madre e Hijo. La introspección emocional que transmite la imagen convirtió a la Virgen en un espejo en el que la sociedad de su tiempo reconoció tanto su sufrimiento como su necesidad de consuelo.

 

El estudio anatómico y afectivo de la imagen revela un trabajo extremadamente cuidadoso. El rostro, de óvalo suave y expresión apaciblemente doliente, transmite serenidad en medio del padecimiento. La leve inclinación de la cabeza, los ojos humedecidos y la mínima tensión de los labios generan un lenguaje emocional contenido, alejado de la teatralidad de algunas dolorosas barrocas. Esta moderación estética confiere a la obra un dolor íntimo, elevado y profundamente espiritual, plenamente coherente con las nuevas tendencias devocionales del siglo XX.

Un elemento decisivo en su identidad devocional es su tradicional sobrenombre: “Virgen de los Clavitos”. Se debe al atributo que porta en su mano derecha: los tres clavos con los que Cristo fue fijado a la Cruz. Este gesto, de hondo simbolismo teológico, subraya que María no solo presencia el sacrificio del Hijo, sino que sostiene los propios instrumentos que lo hicieron posible. Los clavos introducen en la imagen una dimensión meditativa singular: a través de ellos, la Virgen aparece como mediadora entre el dolor humano y el misterio de la salvación. Invitan al devoto a contemplar tanto el sufrimiento de María como el sentido profundo de la Pasión de Cristo. Este atributo específico ha contribuido de manera determinante a la popularidad y arraigo de la advocación en Jaén.

Un hito fundamental en la historia de la cofradía fue la llegada de la imagen a Jaén en 1948. Procedente de la hermandad cordobesa del Calvario —donde fue titular hasta 1945 bajo la advocación de Nuestra Señora del Mayor Dolor y Esperanza—, su incorporación supuso una renovación estética y espiritual para la hermandad. Antes de su llegada, en 1947 se procesionó una imagen provisional, sencilla y devocional, que cumplió temporalmente el papel mariano de la cofradía. Tras su sustitución, dicha imagen fue trasladada al convento de Madres Carmelitas de Jaén, donde aún se conserva con gran afecto. Su permanencia en clausura otorga a esta primera dolorosa un valor íntimo y discreto, al tiempo que subraya la importancia que tuvo la llegada de la nueva titular en la configuración patrimonial de la corporación.

 

La recepción de la obra en Jaén fue inmediata y profundamente positiva. Su elegancia formal, el refinamiento técnico y la intensidad emocional que transmite generaron un rápido vínculo entre la imagen y los fieles. Pronto se convirtió en una de las advocaciones marianas más queridas de la ciudad, plenamente integrada en la liturgia, los cultos internos y la Semana Santa. Su iconografía de Virgen Dolorosa, enriquecida por el singular atributo de los clavos, la convirtió en un referente de la devoción contemporánea.

Desde una perspectiva estética, la obra logra un equilibrio excepcional entre tradición y modernidad. El modelado de los ojos, ejecutados en cristal fino, proporciona un realismo húmedo que potencia la expresión de dolor contenido. Los párpados, ligeramente caídos, generan un discurso visual de profunda introspección que invita a la contemplación. Las cejas, finas y suavemente arqueadas, refuerzan la atmósfera de delicadeza psicológica. Este tratamiento del rostro evidencia la influencia del simbolismo y del realismo emocional europeo que permeó la escultura religiosa de principios del siglo XX.

 

Técnicamente, la imagen demuestra una comprensión sólida de la anatomía y del gesto emotivo. Las transiciones entre los distintos planos del rostro son suaves y continuas, sin brusquedades, lo que delata la madurez formativa del escultor y su inclinación por la idealización armoniosa. Martínez Cerrillo consigue un equilibrio notable entre fidelidad anatómica y espiritualización del modelo, otorgando a la obra una presencia profundamente contemplativa sin desligarla de su dimensión humana.

La advocación de las Lágrimas, aplicada históricamente a numerosas representaciones marianas, posee siempre un fuerte componente simbólico. En esta imagen, las lágrimas no expresan únicamente el dolor maternal, sino también la esperanza redentora. La Virgen llora en silencio, evocando la promesa de consuelo para el sufrimiento humano. Esta lectura teológica ha sido determinante para la amplia devoción que la imagen suscita en Jaén y en otros lugares donde se conoce su historia.

En cuanto a su conservación, la imagen ha sido objeto de varias intervenciones. La primera de ellas fue realizada en 1985 por el propio Martínez Cerrillo, quien revisó la obra décadas después de su creación. Posteriormente, en 1995, fue restaurada en Córdoba por el imaginero Antonio Bernal Redondo, lo que garantizó su estabilidad material y la conservación de su expresión original.