ESTVDIVNTES

Ilustre y Franciscana Cofradía del Santísimo Cristo de las Misericordias y Nuestra Señora de las Lágrimas

REGRESO DEL SEÑOR A SANTA CLARA

Tras recorrer las calles en solemne procesión el Lunes Santo, nuestro Santísimo Cristo de las Misericordias regresa en la tarde del Martes Santo a su casa, el Real Monasterio de Santa Clara, donde las hermanas clarisas custodian su misterio con oración y silencio.

Portado con devoción por los hermanos, el Crucificado camina entre nosotros en un acto de reverencia y contemplación, acompañado por el Santo Rosario. Cada Ave María es un hilo que une nuestra fe con la vida de oración de las monjas, y cada paso nos invita a reconocer nuestras faltas, a arrepentirnos y a ofrecer nuestro corazón a Cristo.

Al acercarnos al monasterio, el repique de las campanas anuncia su llegada, y las clarisas, desde la reja de clausura, entonan con voz dulce y emocionada:

 

 

“Postrado ante la Cruz en la que has muerto

y a la que yo también te he condenado,

sólo puedo decirte que lo siento,

sólo puedo decirte que hoy te amo

y te pido perdón por mis errores

y te pido perdón por mis pecados.”

 

 

Cada estrofa de este canto nos recuerda cómo hemos herido al Señor con indiferencia, desamor o silencio ante la injusticia, y nos invita a mirarnos a nosotros mismos y redescubrir la gracia del arrepentimiento. Es un instante donde la fe pública y la oración íntima se encuentran, donde el recogimiento del monasterio se convierte en catequesis viva y experiencia espiritual.

Este cortejo sencillo, lleno de solemnidad y recogimiento, refuerza la profunda fraternidad entre la Cofradía y la comunidad contemplativa, mostrando que la devoción a nuestro Crucificado no se limita al esplendor de la procesión, sino que encuentra su raíz en la oración, la entrega filial y la custodia del misterio de Cristo.

Hermanos, mirad al Santísimo Cristo de las Misericordias: Él nos llama siempre al arrepentimiento, a la conversión y a la entrega confiada. Sigámoslo con el corazón encendido, acompañados por la oración y el canto que elevan nuestras súplicas al cielo, y con la certeza de que en Él encontramos perdón, misericordia y vida eterna.

 

“PERDÓNAME SEÑOR, HOY ME ARREPIENTO,

PERDÓNAME, MI DIOS CRUCIFICADO.”